martes, 15 de junio de 2010

TERUEL DE LOS AUSTRIAS Y BORBONES


EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII

Erigida "...sobre un monte perfectamente redondo, rodeado de hondos valles, sirviéndole con sus murallas, torres y almenas de diadema o corona, que con hermosa vista lo agracia y hermosea; con buen dispuesto castillo y antes primorosa ciudadela, y siete puertas para el manejo de sus ciudadanos".

Con estas palabras describía Teruel un anónimo manuscrito redactado en el último tercio del siglo XVIII, perfilando una imagen no muy diferente de la que casi doscientos años atrás reflejara el célebre poema de Yagüe de Salas sobre los Amantes: una pequeña ciudad todavía circundada por sus defensas medievales -que no empezarán a derribarse hasta mediar el XIX - y cuyo caserío, aunque actualizado durante la época moderna, mantiene en esencia su inicial trazado viario de raigambre cristiana. Quiere ello decir que en dichas centurias Teruel no cesó de modificar su semblante, merced a nuevas edificaciones que relevaban a las antiguas, pero sin que esto diera a lugar a cambios sustanciales en su estructura. Mal podía ser de otro modo cuando en aquel tiempo la ciudad padece un franco retroceso económico, que al fin deviene en la ruina del concejo, y una honda crisis jurídica, inaugurándose el período con la sustitución en 1598 de su viejo ordenamiento foral por las leyes generales del reino. Y otro tanto cabe señalar acerca de su población, ya que si bien el s. XVIII trajo consigo un sensible aumento demográfico, tal incremento sucedió a una fase de acentuada pérdida poblacional, llegando a contar en 1650 con poco más de 500 fuegos y, por ende, con una cifra de vecinos muy inferior a la alcanzada en su momento bajomedieval de máximo esplendor.

Así las cosas, es fácil entender por qué durante los s. XVII y XVIII no descuella en Teruel la arquitectura de carácter civil. En particular la pública, muy disminuida con respecto a la levantada en la anterior centuria cuando la ciudad se engalana con obras tan relevantes como los Arcos, amén de las numerosas fuentes que sirven agua a la población, o el Mesón de la Comunidad que, rematado al filo de 1600, constituye el canto de cisne de la magnífica arquitectura civil pública del XVI. Y tocante a las edificaciones domésticas, es obvio que contribuyen a la puesta al día del caserío, aunque ateniéndose casi indefectiblemente al tipo de vivienda tradicional con fachada rematada por el consabido mirador de arcos bajo un volado alero de madera. Tal sucede en casas nobles, como el palacio seiscentista de los marqueses de Tosos, y en otras de menor enjundia, como las que aún se mantienen adosadas a los lienzos septentrionales de la muralla. Y es que habrá que esperar hasta las postrimerías de esta época para que se produzcan mudanzas tipológicas y, según puede verse en casa de la Marquesa, encontrar aquellos elementos reemplazados por aleros de media caña en yeso y perforados por algunos vanos en forma de luneto característicos del último barroco.


Distinto, sin embargo, es el panorama relativo a la arquitectura religiosa, que recibirá un notable impulso merced a razones varias como la instalación de órdenes aún no presentes en la ciudad o la necesidad de renovar las vetustas fábricas de sus parroquias, todo ello alentado por el vigor del pensamiento contrarreformista. Sin olvidar, claro es, la recién instituida diócesis de Teruel, que lo fue en 1577 por bula del Papa Gregorio XIII y cuyos prelados se erigen en los principales promotores artísticos.

La elevación a dignidad catedralicia de la Colegiata de Santa María tuvo, por lo pronto, repercusiones importantes en el propio templo, al que se pretende dotar de una prestancia con arreglo a su condición. Con esta finalidad fue objeto de reformas que irán disfrazando su aspecto mudéjar, como las efectuadas alrededor de 1700 cuando se eliminaron los ábsides laterales para ampliarlo con una girola cuadrada, se rehicieron las dos portadas, subsistiendo de entonces sólo la abierta a la Plaza del Venerable, y se cerró la nave central con falsas bóvedas, imitando lo que un siglo antes se hiciera con las laterales (cubriciones hoy desaparecidas) y dejando oculta su magnífica techumbre mudéjar. Y entretanto no sólo se enriquecían con flamantes capillas, alguna de tanta excelencia como la de los Santos Reyes, sino que estas obras provocaban la remodelación de su entorno juntamente con otras vecinas como la del palacio episcopal (iniciada a finales del XVI y continuada durante todo el siglo siguiente).

También en estas fechas se rehacen muchas parroquias, entre las que perviven la del Salvador, hundida en 1677 y reedificada en el plazo de cinco años, las de San Martín y San Andrés, levantadas a finales del s. XVII, y la dieciochesca de San Miguel. Pero quizás más llamativa sea la parcela arquitectónica conventual, fruto de la aludida llegada de varias órdenes religiosas. Comunidades que, en unos casos, instalan sus conventos fuera de las murallas como los desaparecidos Carmelitas Descalzos y Capuchinos. Intramuros, en cambio, se establecen el de Carmelitas Descalzas, terminado hacia 1660, y el de la Compañía de Jesús, ejecutado por el arquitecto local José Martín de Aldehuela de 1735 a 1742 y cuya destrucción durante la guerra civil supuso la pérdida de una de las mejores iglesias del barroco aragonés.
Este mero recuento -por lo demás incompleto- de parroquias y conventos de los siglos XVII y XVIII da idea de la pujanza que en aquel momento adquieren en Teruel las construcciones religiosas. Una arquitectura que apela al vocabulario formal al uso conforme a un desarrollo que está por precisar, pero que, como en el resto de Aragón, discurre entre el manierismo tardío, aún en vigor durante buena parte del seiscientos, y el rococó, cuya euforia ornamental señoreaba dentro del mencionado templo de los Jesuitas, pasando por diversas fórmulas de filiación barroca. Ahora bien, si apreciable es el cambio acaecido en el orden formal, no lo es menos en el tipológico, por cuanto en esta época la arquitectura religiosa renuncia a las modalidades de origen medieval en favor de otras tomadas del manierismo italiano y más o menos directamente referidas al modelo vignolesco de Il Gesú de Roma; esto es, iglesias de cruz latina de una o tres naves y con crucero cubierto con bóveda hemisférica. Así sucede en las de San Andrés y San Miguel, de tres naves con crucero y cúpula, y en la de la Compañía de Jesús, que reproducía de modo fiel el tipo de templo jesuítico (de una nave, crucero y cúpula, más tribuna sobre las capillas laterales) ensayando previamente, aunque sin pretensiones literales, en la Iglesia de las Carmelitas Descalzas. Lo cual, no obstante tampoco impide cierta variedad de soluciones, toda vez que hay asimismo templos que eluden el uso de la cúpula como el del Salvador, modelo más tradicional de una nave flanqueada por hileras de capillas comunicadas entre sí, o el de San Martín, de tres naves y con girola cuadrada emulando la de la catedral.

Hechos, en fin, integrantes de un capítulo de la historia de Teruel que acaso no se cuente entre los más eminentes ni entre los mejor estudiados, al haberse visto eclipsado por algún momento previo de mayor esplendor, pero que dejó su impronta en la ciudad en forma de monumentos que si en primera instancia modernizaron su fisonomía, a la postre, y en la medida que se conservan, constituyen elocuentes testimonios del pasado de quienes la habitaron.
ITINERARIO POR LA CIUDAD

Los siglos XVII y XVIII dejaron una profunda huella en Teruel. A las importantes remodelaciones urbanísticas (que suponen la superación de los límites impuestos a la Ciudad Medieval), le acompaña la renovación o reformas en todos los edificios religiosos y la construcción de numerosos palacios. Un hito que marcará el inicio de este período será la expulsión de los moriscos (1610) que, además de suponer el abandono de 150 casas, implicará la pérdida de los últimos descendientes de los mudéjares turolenses. El itinerario propuesto se centra en la mitad septentrional del Casco Antiguo, recorriéndose buena parte de los edificios más representativos de este momento.

La elevación en 1587 al rango de Catedral de la Colegial de Santa María de Mediavilla conllevará la ejecución de un notable volumen de obra, que ocultará los rasgos góticos y mudéjares de este edificio y supondrá la amortización de su claustro: sillería del Coro (principios del s. XVII), Baptisterio (1797, diseñado por V. Gascó), capillas de los Santos Reyes (1649), del Venerable Aranda (ampliada en 1700 por F. Dobón y Jordan), de Santa Emerenciana (1704-1715), de Santo Tomás de Villanueva (1700), de la Purísima (1727, realizada por J. Novella y P. Pérez) y de Santa Águeda, así como la Sacristía, la girola y la ocultación de su artesonado mudéjar. En esta última se guarda una monumental custodia barroca de casi 230 Kg. de plata y otras piezas del tesoro catedralicio.

Saliendo por la puerta norte (1699) se pasa a la Plaza del Venerable Francés de Aranda, donde se ubica el Palacio Episcopal, (finales del siglo XVI - 1683). En él se alberga el Museo Diocesano, con una amplia colección de arte sacro, muchas de cuyas piezas corresponden al periodo señalado. Desde allí, por la C/ Tribuna (cruzada por un paso elevado que comunica la Catedral con el Palacio Episcopal), accederemos a la Plaza de Fray Anselmo Polanco. A ella también se puede llegar por la calle de Santa Emerenciana, creada en 1737, fruto de sus reformas efectuadas en la Catedral. De ella se recoge una extraña historia en el Libro Verde, que narra cómo, tras un terremoto en el siglo XVIII, se vio una "bola de fuego" salir del Seminario, disolviéndose al llegar a dicha calle.

En la Plaza de Fray Anselmo Polanco destaca la Casa de la Comunidad, actual Museo de Teruel, edificio de sillería de buena calidad, cuya construcción se inicia a finales del s. XVI. También aquí se encuentra el Palacio de los Marqueses de la Cañada, flanqueado por sendos torreones.
Bajando por la C/ San Miguel pasaremos delante del Palacio de los Marqueses de Tosos, cuyas dependencias se extendían hasta la vecina plaza de la Bombardera, donde aún se conservan dos edificios relacionados con el mismo, coronados con galerías de arquillos.       

Siguiendo por la C/ Pomar o la de S. Miguel se llega a la Iglesia de San Miguel, obra diseñada por M. Dolz en 1737 y concluida en 1775, actualmente sin culto. La Iglesia de San Martín (1704-1708), a la que se accede desde la anterior por la C/ San Martín, también se encuentra fuera de culto; entre ambas, hay que destacar la llamada Casa del Cura, dotada, al igual que buena parte de los palacios turolenses de esta época, de un galería de arquillos.

La Plaza de Pérez Prado, junto a la que se encuentra la Iglesia de San Martín, está muy transformada respecto a su apariencia en los siglos XVII y XVIII. En ella se situaba el Convento de los Trinitarios y el Seminario, por entonces perteneciente a la Compañía de Jesús. Las buenas cualidades estratégicas de este último, ya destacadas por Madoz a mediados del siglo pasado y puestas a prueba en diversos conflictos bélicos, le costarán su existencia durante la Guerra Civil.

Otro edificio desaparecido en la pasada contienda es la Iglesia de Santiago, situada en la cercana Plaza de Cristo Rey, era la parroquial más pequeña de la Ciudad. Los vecinos conventos de Santa Clara (finales del siglo XVII) y las Carmelitas Descalzas (1658-1660) corrieron mejor suerte y se encuentran en mejor estado de conservación. Frente a este último, pero ya extramuros de la Ciudad, se ubicaba el convento masculino de los Carmelitas Descalzos, que posteriormente fue utilizado como cuartel militar, prolongándose su uso como cuartel de la Guardia Civil hasta la presente década.

Por último, siguiendo por la calles Yagüe de Salas y Salvador, llegaremos a la Iglesia del Salvador. La primitiva iglesia se hundió en 1677, lo que obligó a construir otra de planta totalmente nueva, recientemente restaurada. 
E
ste es el punto final de itinerario propuesto. No obstante, distribuidos por la Ciudad hay otros edificios de estas fechas dignos de ser visitados, como la Iglesia de la Merced(1780-1794), la Iglesia de San Andrés (reconstruida casi totalmente tras la Guerra Civil), la Iglesia de San Pedro (conserva algunas capillas de estos momentos), un Palacio situado frente al Convento de San Francisco, etc.
NUCLEOS DE POBLACION ADSCRITOS A LA CIUDAD

Durante los siglos XVII y XVIII también se renovarán arquitectónicamente la mayoría de los edificios religiosos pertenecientes a otros núcleos de población, actualmente adscritos a la Ciudad. Uno de los más destacados es la Iglesia de San Miguel (Villalba Baja), que se empezó a construir en 1695, con una torre de buena fábrica a sus pies. También son interesantes la Iglesia de Santo Tomás de Canterbury (Caudé), en cuya portada se conserva la imagen del santo; la Iglesia de San Sebastián (El Campillo), situada junto a una pintoresca laguna; la Iglesia de San Cosme y San Damián (Valdecebro), incoado expediente de Bien de Interés Cultural (8-2-1983); la Iglesia de Santa Ana (Castralvo), barroca como las ermitas de San Roque y Santa Ana, ubicadas en ese mismo término; la Iglesia de San Martín (Concud), iniciada en los años 30 del siglo XVIII y finalizada en 1743; y la Iglesia de San Andrés (Tortajada), edificio del siglo XVII con torre de 1763, esta última coetánea a la vecina ermita de la Purísima Concepción.

En menos de dos siglos, la localidad de Aldehuela, enclavada entre la Sierra de Javalambre y la Vega del Turia, renovó sus edificios más emblemáticos: la Iglesia de San Miguel, sita sobre un espolón que domina toda la población, fue construida durante los años 60 del siglo XVII; también sobre un cercano relieve dominante se asienta la igualmente barroca Ermita de Santo Cristo; el Ayuntamiento debió ser construido algo antes que la parroquial; la Ermita de Santo Roque, en las afueras del casco urbano, data del siglo XVIII; en ese mismo siglo (concretamente, en 1724), se construye la bella fuente de la Calle Mayor, que emula un templete clásico.

domingo, 13 de junio de 2010

TERUEL OCULTO

SILOS DE LA AVENIDA DE AMÉRICA

En 1987 se localizaron una veintena de silos excavados en las gravas, en un espolón situado sobre la Vega del Turia, en El Ensanche. Dentro de ellos aparecieron cerámicas ibéricas, romanas e islámicas, además de tres puñales de hierro, carbones, caracoles, cáscaras de huevo, huesos de cordero y cerdo. El carbono 14 permitió datar el abandono de los silos hacia el año 790 de nuestra Era.

TORREÓN SEPTENTRIONAL DEL PORTAL DE ZARAGOZA

En 1994 se descubrieron los restos de una de las torres que flanqueaban el Portal de Zaragoza (finales s. XIV) y de cuatro fases constructivas de la muralla (ss. XIII -XV). Éste era uno de los principales accesos a la Ciudad, citado en el Fuero de Teruel. Se conservan numerosos tramos de las murallas de Teruel, en su mayor parte ocultos por viviendas construidas durante los dos últimos siglos.

EL CEMENTERIO JUDÍO

Se localizaron catorce tumbas, algunas de ellas pertenecientes a personajes de alto nivel económico, como se deduce del ajuar: anillos-sello de oro, sortijas de plata (algunos de ellos con una perla), alfileres de bronce, cuentas de collar, objetos de vidrio, etc. además de restos de recipientes cerámicos y clavos pertenecientes a los féretros.

RESTOS DE UNA EPIDEMIA

Parte de los recipientes cerámicos que aparecieron en una arqueta aséptica, posiblemente sellada tras haber sido arrojados. La coetanidad de la mayor parte de las piezas, su buen estado de conservación y la aparente unidad del conjunto (formado por 18 piezas de mesa, 7 de cocina y 3 de almacenaje) permiten considerar el hallazgo como fruto del abandono de todo un ajuar doméstico de una familia afectada por una de las epidemias de peste de inicios del siglo XVI.

HANUKKIYYA

Objeto ritual judío, datado en los ss. XIII - XIV, compuesto por ocho candilejas (que representan otros tantos días festivos) y una novena para depositar aceite. Se utilizaba en el Hannukkab (Fiesta de las Luces), en diciembre. Cerca del solar en el que se encontró esta pieza, se excavaron los bajos de un edificio público judío, con pilares y arquerías, que podría corresponder a una de las dos sinagogas documentadas en Teruel.

UN PASEO POR LA CIUDAD

La actual configuración de Teruel es el complejo resultado de más de ocho siglos de Historia. Desde su fundación en 1171, junto a las ruinas de una población musulmana (Tirwal, citado desde 935; centro de un distrito de la cora de Santaver), casi cuarenta generaciones de turolenses han habitado esta Villa. Durante su agitada historia, con no pocos episodios bélicos, su configuración urbana ha variado sensiblemente. Aunque la mayor parte del trazado vial podría remontarse al último cuarto del s. XII, la estructura más antigua visible data del 1257-58 (Torre de la Catedral).

Bajo la Ciudad actual subyacen restos mucho más antiguos, que poco a poco son estudiados por los arqueólogos, de forma paralela a la acelerada renovación arquitectónica de los últimos años. Algunos de los restos exhumados nos hablan de los primeros momentos de la ocupación humana de este territorio, como el colmillo de elefante y los instrumentos líticos de la "Cuesta de la Bajada"; éstos proceden de una antigua ciénaga, que estuvo situada junto al río Alfambra cuando este discurría a 50 o 60 m. por encima de su curso actual, durante el Paleolítico Medio Antiguo. Otros restos son más recientes, como los materiales ibéricos y romanos de la Avda. de América.

Sin embargo, el primitivo enclave musulmán se resiste a ser localizado. En ninguna de las excavaciones arqueológicas efectuadas en el casco antiguo de la Ciudad se han detectado restos de este momento. Únicamente en la Avda. de América, en el Ensanche, se hallaron veinte silos de finales del s. VIII.

Más abundantes son los restos del Teruel cristiano descubiertos en las excavaciones arqueológicas. Alguno de ellos tiene un carácter monumental, como el gran edificio, posiblemente público, hallado bajo la Plaza de la Judería (ss. XIII a XV); el Portal de Zaragoza (ss. XIII - XVIII) flanqueado por sendos torreones, uno de los cuales posee cuerpo inferior en talud y aparejo de buena factura; el antiguo Ayuntamiento (ss. XV al XIX), que estaba bajo la actual Escuela de Hostelería de Aragón, que aportó una importante colección de azulejos decorados, presumiblemente de la Sala Consistorial; los restos del antiguo Hospital y de la Iglesia de San Juan, bajo la plaza homónima (ss. XIII a XX); las posibles estructuras defensivas del flanco sur de la Ciudad, sepultadas por hasta 7 metros de escombro (ss. XIII a XV).

El Teruel subterráneo esconde aún muchos restos arqueológicos que podrían ver la luz en los próximos años. De algunos se conoce su ubicación aproximada; la Mezquita y el Pozo de los Moros, en la Plaza del Seminario; el Palacio del Rey, bajo el Monasterio de Santa Clara; la Iglesia de Santiago, frente a Correos, etc. De otros, únicamente sabemos su existencia, como es el caso de los Baños.

Pero, la estructura arqueológica más extensa y compleja de las existentes bajo el subsuelo de la Ciudad, es la traída de aguas iniciada por Pierres Vedel en 1537 y que no se completará hasta 1580. Referenciada documentalmente, es una gran desconocida, en la mayor parte de su trazado, a nivel arqueológico y técnico. En ella se compaginan los elementos visibles y monumentales (como el Acueducto de los Arcos), con los ocultos y netamente funcionales (más del 95% de su trazado). Se trata del auténtico paradigma del Teruel Subterráneo, síntesis de los elementos visibles y ocultos de la Ciudad.

El agua, elemento vital, ha sido, desde siempre, un tema de preocupación. Necesaria en la alimentación humana y animal, en el riego de huertas y como fuerza motriz para molinos y batanes, el Fuero de Teruel (otorgado en 1177 y completado hasta 1247) trasluce esta inquietud. El uso y disfrute del líquido elemento será uno de los privilegios concedidos a los vecinos de Teruel. En el Fuero se regularán numerosos aspectos vinculados con el agua en el agro (riegos, molinos, pesca fluvial) y en el ámbito urbano. Dentro de este último, es interesante señalar las disposiciones sobre el baño público, cuyo uso se reservaba cinco días a la semana para los cristianos (tres a los hombres y dos a las mujeres), mientras que a moros y judíos únicamente se les dejaba acceder los viernes.

Pero Teruel se asienta sobre una terraza del río Turia, a 40 metros sobre su cauce. Carece de surgencias naturales de entidad en el interior de su recinto murado y el nivel freático se sitúa a cierta profundidad. El precario suministro de agua para la Villa se centralizará, durante la Edad Media, en los dos aljibes existentes bajo la Plaza del Torico, cuya accidentada reparación costó la vida a 23 personas el 30-10-1375. También pudo existir algún pozo (como el Pozo de los Moros, documentado en 1445), pero su producción difícilmente cubriría las necesidades de la Villa.

Entre 1537 y 1580 se construirá la traída de aguas de la Ciudad. Esta obra, iniciada por Pierres Vedel, debe enmarcarse en el contexto de las grandes obras hidráulicas realizadas en Aragón durante el s. XVI (la Mina de Daroca, obra, igualmente, de Vedel; la presa de Gallur, la acequia de Tauste, nuevos azudes en Caspe, reforma o recuperación de los regadíos de Alcañiz, Barbastro).

La conducción de aguas parte de la Peña del Macho, alcanzando Los Arcos tras más de 5200 varas de recorrido (unos 4 Km.), jalonados por 140 arcas. Debe salvar varias ramblas, lo que complicará sensiblemente su trazado. El último gran obstáculo, el profundo barranco que delimita el núcleo principal de la Ciudad por el NO, los franquea gracias a Los Arcos; éste posiblemente sea el principal acueducto renacentista español y la obra más destacada de Pierres Vedel, que emulará a las obras hidráulicas romanas. La doble funcionalidad de este elemento, acueducto y viaducto a un tiempo, se suele atribuir a una vieja disposición foral, que determinaba la habilitación de un puente, si el Concejo lo consideraba oportuno, inserto en la obra de todo acueducto que se construyera (Sciendum vero est quod quicumque calicem sive aqueductum fecerit, ipsemet debet in eo pontem facere, si fuerit, ipsement debet in eo pontem facere" FT, 037410-037440). No obstante, es preciso tener en cuenta que dicha disposición se enmarca en el contexto de la normativa de construcción de molinos, pudiendo obedecer la habilitación de un viaducto en Los Arcos a un deseo de facilitar la comunicación de los Arrabales con la Ciudad, más que a una disposición dictada tres siglos antes.

Una vez en la Ciudad, este complejo laberinto subterráneo dibuja lo que fue el Teruel del s. XVI. El suministro de agua alcanzó los puntos más destacados de la Ciudad, siempre que los desniveles internos de la misma lo permitieron. Se instalaron fuentes en las principales plazas y junto a la mayor parte de las Iglesias: Fuente de Juan Pérez (Plaza de la Comunidad), de San Miguel, de la Plaza Mayor, del Fosal de San Salvador, de San Andrés, de San Juan, de Santa María y Fuente de Santiago. Algunos edificios contaban con fuente propia, como el Fuerte, el Convento de los Trinitarios y el Convento de Santa Clara, o una "fregadera", como el Hospital. La práctica totalidad de las fuentes han desaparecido en el devenir del tiempo; la única conservada es la que se encuentra adosada a la Casa del Deán, en la Plaza de la Catedral; se trata de la antigua Fuente del Arrabal, que sustituyó a la original Fuente de Santa María.

Otros elementos destacados en esta compleja obra de ingeniería serán el dispositivo de limpieza de la red mediante desvío de la corriente de agua (arca nº 100) y el arca principal desde la que se distribuía el agua, cerca del Portal de Zaragoza.

EL AGUA

LA LAGUNA DE TORTAJADA

Con sus dos hectáreas de superficie, ocupa el fondo de un pequeño valle cuyo sustrato geológico es impermeable. Se asientan en el mismo emplazamiento en el que, hace más de 10 millones de años, durante el Turoliense (llamado así por su abundante representación en las cercanías de Teruel), había grandes ciénagas y lagos, que ocupaban amplias extensiones entre Peralejos (Teruel) y Mira (Cuenca). En los siglos XV y XIX se documentan sendos estudios e intentos para drenar sus aguas al río Alfambra.

LOS ESTRECHOS DEL GUADALAVIAR

Esta profunda garganta (60 a 80 m. de altura) secciona el margen meridional de la Depresión del Jiloca, dejando colgados los rellenos y glacis miocenos y pliocenos, para penetrar hasta las calizas y margas jurásicas. Durante este período, que se corresponde con el de los grandes saurios, esta zona fue ocupada por un mar poco profundo, salino y cálido. Actualmente, acantilados, pequeños bosques de rivera y el curso fluvial ocupan este bello paraje, únicamente accesible a pie.

LA FUENTE DE LA ALDEHUELA

Alimentada por las frías aguas del Macizo de Javalambre, se sitúa en una placeta, junto a la Calle Mayor de esta localidad. Construida en 1724, imita un pequeño templete clásico, apoyado sobre dos columnas dóricas y dos pilastras adosadas a la pared. El muro de fondo está formado por grandes sillares. El agua es un recurso vital para cualquier agrupación humana.

Más de 500 figuras pseudo-antropomorfas, se encuentran distribuidas en fuentes y otras construcciones (iglesias, ermitas, ayuntamientos, lavaderos...) de las provincias de Teruel, Castellón y Valencia. Debieron grabarse entre el 2º cuarto del siglo XVIII y mediados del XIX. El significado de los mismos está por aclarar, aunque todo parece indicar que se trata de signos mágico-religiosos.

EL ACUEDUCTO Y LAS FUENTES

"Primeramente está en memoria que empieza la dicha fuente de una arca que hay encañada con alcaduces de a sueldo que está encima la caxa principal encima la peña del macho...". Una peña desgajada, a cuyo pie aflora una importante surgencia de agua, marca el inicio del complejo sistema de traída de aguas del s. XVI. "Desde la sobredicha arca asta el principio del arco del camino de Sant Cristóbal dentro de dicho cerrado hay cinquenta varas...". Cuando el agua atraviesa este sobrio arco de medio punto, ya ha recorrido varios kilómetros de canalizaciones, 135 arcas o registros y alguna fuente, como el "caño de Santa Bárbara".

El último gran obstáculo se salvará mediante el Acueducto de los Arcos. Desde éste, la red de aguas se completará con otros 2,3 Km. de conducciones, varias minas trazadas para mantener la inclinación necesaria y unas cincuenta arcas. El destino final serán varias fuentes, conservándose solamente una de dicha época (Fuente de la Casa del Deán).

La Fuente del Torico sustituyó en 1858 a la "Fuente de la Plaça Mayor" (1585), que estaba situada en el flanco septentrional de la Plaza. A pesar de tener menos de un siglo y medio de existencia, la actual fuente es uno de los monumentos emblemáticos de Teruel. Diez años después, en 1868, se construyó la Fuente de los Franciscanos. En el Ensanche también se han construido bellas fuentes, como la de José Torán, realizada en 1935 con figuras de bronce de Vitorio Macho.

TERUEL MEDIEVAL

EL TERUEL MUSULMAN

Aun cuando los orígenes del poblamiento de las vegas turolenses se remontan a época prerromana (Alto Chacón), las primeras referencias a Teruel se encuentran en las crónicas musulmanas de época califal (s. X), que nos indican que se trataba de un castillo (Tirwal) que jalonaba el camino Córdoba-Zaragoza a través de Cuenca. Dos siglos más tarde apenas sería una pequeña aldea, de ubicación incierta, que fue reconquistada en 1169 e incorporada a los términos municipales de Daroca.

LA FUNDACION DE LA CIUDAD

En el verano de 1171, sin embargo, la conquista de Valencia por los almohades y la impresión que causó el acontecimiento en Aragón motivarían la inmediata reacción del rey Alfonso II (1162-1196) que, al objeto de organizar las fronteras del reino, decidió fundar una villa en Teruel (1.X.1171), recurriendo a las medidas extraordinarias de la foralidad de la extremadura. A fin de atraer los efectivos colonizadores necesarios, a los pobladores que se instalaban y a los que acudieron a poblar en adelante se les concedieron unos privilegios poco frecuentes, entre los que destacaba la propiedad de un extenso término municipal, en el que, con posterioridad, habría pobladas un centenar de aldeas, cuyos habitantes quedaban obligados a satisfacer los gastos más cuantiosos que el funcionamiento de la nueva villa ocasionaba.

LA ÉPOCA DEL APOGEO

Una vez asegurada su fundación con la afluencia masiva de colonos -aragoneses y navarros-, Teruel quedó configurada como la nueva capital de la frontera, circunstancia que ejercería una influencia profunda en la mentalidad y actividades de sus gentes. Lugar habitual de encuentro de la hueste real, desde aquí partirían todas las expediciones reconquistadoras contra el Levante peninsular (1225-1266) y aún después sus milicias concejiles contribuirían de una manera decidida a la política mediterránea de la Corona.

La anexión de Valencia a los dominios de la monarquía aragonesa (1238), abrió una etapa de florecimiento económico para Teruel, acompañado de un fuerte crecimiento demográfico y la consiguiente diversificación social. El desarrollo de la actividad ganadera trashumante, así como el incremento de la producción agrícola y artesanal, alimentaron un intenso comercio con la capital del Turia (trigo, lana, curtidos, cerámica, etc.), en el que intervendría de forma decisiva la activa minoría judía afincada en la villa. Como colofón a esta realidad socioeconómica, en 1347 Teruel recibiría de Pedro IV (1336-1387) el título de ciudad con la promesa añadida de la posible instauración de un obispado con sede en la misma.

LA CRISIS BAJOMEDIEVAL

Los estragos producidos por la Peste Negra (1348), agravados todavía por las secuelas de las guerras castellano-aragonesas que asolaron la frontera (1356-1375), sumirían a la sociedad turolense en un estado de postración del que tardaría mucho tiempo en recuperarse. Las dificultades de la coyuntura se resolvieron en una permanente conflictividad social, en la que, a los tradicionales enfrentamientos entre la Ciudad y la Comunidad de sus aldeas por la independencia entre una y otras, se sumarían los conflictos originados por la competitividad política de los bandos de Marcillas y Muñoces, y los frecuentes brotes de antisemitismo que estragaban la minoría judía.

Las continuas intervenciones de la monarquía para encauzar este estado de cosas y apaciguar las tensiones abrirían un nuevo frente de discordias, esta z entre la Ciudad y la Corona, salpicado de numerosos incidentes. La culminación del enfrentamiento tendría lugar cuando los turolenses, amparándose en sus fueros y privilegios, se opusieron radicalmente a la instauración de la Inquisición (1484-85), lo que concluyó con una fuerte represión que diezmó la clase dirigente y arruinó a los sectores más dinámicos de la incipiente burguesía local.

LA HERENCIA DEL MEDIEVO

No obstante el transcurso del tiempo, la huella del pasado medieval de la Ciudad todavía es perceptible en muchos aspectos de su realidad actual. Indudablemente, y aparte del rico legado monumental del período, donde esta herencia resulta más manifiesta es en la propia textura física de la Ciudad, cuyo Centro Histórico, a pesar de las transformaciones posteriores, responde en su integridad a las pautas urbanísticas seguidas en el momento de su fundación. Así, aunque los desniveles topográficos del propio solar urbano y la ubicación de ciertos edificios relevantes, obligaron a diferentes soluciones organizativas de la red viaria o distorsionaron en algunos sectores el planteamiento inicial, en general os repartos de solares entre los nuevos colonos dieron como resultado una modulación del espacio, con calles rectas, de la anchura análoga, y manzanas más o menos rectangulares; todo ello, articulado entre las puertas de la muralla, que señalizaban los puntos de acceso al núcleo urbano, y la Plaza Mayor o del Mercado, centro neurálgico de la población y el único espacio de cierta entidad que se abría en su interior. Ni siquiera la posterior instalación de las minorías judía y mudéjar originaría los habituales barrios cerrados de otras ciudades de la época, todo lo cual hace del Centro Histórico de Teruel uno de los mejores y más singulares testimonios del urbanismo medieval aragonés.

ITINERARIO 1: TERUEL VILLA MEDIEVAL

Iniciamos nuestro recorrido en la Plaza de la Catedral, centro religioso y civil de la Villa, en la que se encontraban las Casas del Consejo y la Cárcel. También a ella se abría el principal edificio religioso, la antigua parroquia de Sta. Mª de Mediavilla. Ascendida al rango de Colegiata en 1342 y Catedral en 1587, en el que se reunía el Concejo en pleno, beneficiándose con parte del botín de las cabalgadas. Los privilegios de los que gozaba y la sucesiva elevación de categoría marcarán un notable ritmo constructivo que irá enmascarando las estructuras originales. A pesar de ello, se pueden admirar dos elementos emblemáticos del Teruel Medieval: la torre-campanario y la techumbre. Esta torre mudéjar (1257-58) es el fruto de una síntesis de tendencias: el gusto de los cristianos por el arte islámico, el gótico emergente y los últimos influjos del románico. Se trata de una perfecta conjunción cromática del color terroso de sus ladrillos; del verde y morado de los platos, azulejos y fustes de cerámica; y del blanco de la caliza de la base y las esquinas.

Datada en torno al año 1300, la techumbre de la Catedral, está formada por una armadura de par y nudillos. En su profusa decoración también se trasluce la mezcla de la influencia islámica (elementos vegetales, geométricos y epigráficos) y el gótico lineal (decoración figurada). Este interesante desfile de personajes (reyes, damas, guerreros, campesinos, letrados, etc.) y escenas (músicos, combates con seres míticos, guerra, caza, pasajes bíblicos, etc.), ha recibido diversas interpretaciones: representación sistemática de todo el saber de la época; imagen cósmica, presidida por los meses del año y las diferentes actividades humanas; temática vinculada a la literatura romance, etc.

Una vez visitada la Catedral, nos dirigiremos por la C/ Santa Emerenciana hasta la Plaza Fray Anselmo Polanco, en la que se encuentra el Museo de Teruel, ocupando la Casa de la Comunidad. En las plantas 1ª y 4ª guarda una amplia colección de Cerámica decorada de Teruel, artesanía que tendrá un notable prestigio y difusión durante la Edad Media. Al igual que la techumbre de la Catedral, estas piezas sorprenderán al visitante por la riqueza y variedad del microcosmos que representan. Serán el máximo reflejo de la síntesis cultural, estando presentes elementos decorativos judíos, como la Estrella de David, o formas como el kanukiyyot (para la celebración de la "Fiesta de la Luces"); mudéjares, como la khamsa ("Mano de Fátima") o inscripciones cúficas alabando a Allah; y cristianos, como representaciones de caballeros, frailes, músicos, etc. Las piezas más originales corresponden a los ss. XII-XIV. Durante los ss. XV-XVI la llegada de influencias de otros alfares irá modificando lentamente estas tradiciones, que se romperán definitivamente con la expulsión de los moriscos (1610).

Descendiendo por las calles S. Miguel y Alcañiz, llegaremos al Portal de S. Miguel o de la Traición; esta última denominación, de origen popular, se otorgó porque, según la tradición, por dicho portal penetraron las tropas castellanas de Pedro IV el Cruel el 3-V-1363, con la ayuda de un infiltrado, que les franqueó el acceso, aunque en realidad, este portal parece datar del siglo XVI. En este sector de la ciudad se conserva uno de los tramos más amplios de las murallas. Teruel, fundado como un enclave fronterizo frente al Islam, poseía un potente recinto amurallado de casi 1,9 Km. de trazado, que protegía una amplia muela de 17 ha. A partir del siglo XVIII empezarán a adosarse viviendas sobre las murallas, quedando visibles escasos segmentos.

Una vez atravesado el Portal, nos encontraremos fuera de la Ciudad, sobre unas amplias rondas, inexistentes en la Edad Media, y que se formarán durante los siglos XVIII al XX. Para hacernos una mejor idea de la situación originaria de este flanco de la Villa, deberemos acercarnos hasta el Puente de la Reina; desde él podremos ver el gran desnivel que, a modo de foso natural, rodeaba Teruel. Las defensas se instalarían en el cantil de la muela, como el viejo torreón colgado sobre el espolón rocoso, parcialmente oculto por un recinto almenado realizado este siglo. Retornando a la Ronda Dámaso Torán, pasaremos bajo Los Arcos, considerado como el principal acueducto renacentista español. El tramo visible de murallas (con un recrecimiento de yeso realizado durante las Guerras Carlistas) termina en el Torreón de la Bombardera, de planta poligonal.

Frente a éste se encuentra el Arrabal, barrio cristiano extramuros, creado a mediados del siglo XIII y articulado en torno a la C/ Mayor. Este adquirió un gran desarrollo, hasta tal punto que, en 1385 albergaba más de 120 familias. En 1336-37 se le dotará de murallas propias, que se conservarán a lo largo de toda la Edad Media.

Más adelante se encuentra el Torreón de Ambeles, que es el elemento más singular del recinto amurallado. Sólido bastión de sillería, se hallaba adosado al Alcázar Real o Castillo Menor, siendo construido en un momento indeterminado entre 1475 y 1525. De planta estrellada, no existen paralelos a nivel peninsular para esta construcción. Equidistante entre éste y el Torreón de la Bombardera se encontraba el Portal de Zaragoza, el único citado en el Fuero de Teruel. Estaría formado por dos grandes torreones (uno de los cuales fue recientemente descubierto en una excavación arqueológica), flanqueados, a su vez, por otras dos torres cercanas. De estas dos últimas, sólo es visible desde la vía pública la del Rincón.

En la C/ Joaquín Costa, nuevamente intramuros, se inicia el que fue principal eje urbano de Teruel, que enlazaba el Portal de Zaragoza con el de Guadalaviar, pasando por la Plaza del Mercado, actual Carlos Castell. Centro mercantil de la Villa, en ella, además, se celebran los festejos (toros, justas de caballería...) y los actos fúnebres reales (con ceremonias oficiadas en las tres regiones existentes en la Ciudad, cristiana, judaica e islámica).

Si seguimos por la C/ Salvador llegaremos hasta la Torre del Salvador (datada por termoluminiscencia en 1311+-55), restaurada en 1993 y única cuyo interior es visitable.

ITINERARIO 2: LA JUDERÍA Y LA IGLESIA DE SAN PEDRO

Subiendo por las calles L. García Esteban y C. Fortea, pasaremos junto a la Oficina de Turismo. Casi enfrente de ésta, se abre un estrecho callejón, desde cuya entrada tendremos una bella vista de la Torre de San Pedro. Antes de llegar al campanario, se encuentra el Mausoleo de los Amantes en el que reposan sendas momias, exhumadas en 1555, que parecen corresponder a Juan (o Diego) Martínez de Marcilla e Isabel de Segura. Su trágica historia se desarrollará entre 1212 y 1217, menos de medio siglo después de la fundación de Teruel.

La Iglesia de San Pedro fue construida entre 1319 y 1392, destacando la riqueza ornamental exterior de su ábside. Más incierta es la datación de la torre-campanario, cuyos rasgos arcaizantes y recientes fechaciones por termoluminiscencia (1103+-95) han permitido apuntar la posibilidad de que fuese realizada a mediados del s. XIII, incluso quizás con anterioridad a la Torre de la Catedral. Ambos elementos, iglesia y torre, constituyen el conjunto más armónico del mudéjar turolense.

Si subimos por la empinada C/ Harcembush penetraremos en la vieja Judería, situada al abrigo del Alcázar Real, en la zona más alta de la Villa. No en vano, los judíos eran siervos del Rey, según el Fuero de Teruel, encontrándose bajo su protección. Disponían de dos sinagogas (una de ellas construida en 1387) y enterraban a sus muertos con ricos ajuares en los Llanos de Santa Lucía, según se ha podido testimoniar arqueológicamente. A finales del s. XIII se estima que la aljama turolense estaría formada por unas 45 familias. En 1412, S. Vicente Ferrer presionará a los Jurados de Teruel en favor de la segregación de los judíos, asignándoles un espacio concreto, delimitado por un muro. Otro luctuoso suceso fue la implantación de la Inquisición, que se hizo por la fuerza de las armas, ante la oposición de los turolenses y que condujo a un primer Auto de Fe en 1485, n el que fueron quemados nueve cristianos, acusados de herejes y judaizantes. Siete años después, la expulsión general llevará al destierro a unos 200 judíos de Teruel.

Siguiendo por la estrecha C/ Judería llegaremos hasta la C/ Abadía, en la que se situaba el Portal Nuevo. Saliendo a la Ronda de Ambeles, podremos contemplar el Torreón de San Esteban, de planta circular.

ITINERARIO 3: LA MORERIA, SAN MARTIN Y LOS FRANCISCANOS

Si tomamos la estrecha C/ Santiago llegaremos a una plaza en la que ubicaron las Casas del Rey o Castillo Mayor, cedido desde 1367 para Convento de Santa Clara. Frente a éste se encontraba la Iglesia de Santiago, que era la parroquial más pequeña de la Ciudad, destruida durante la Guerra Civil. En sus proximidades, la Plaza de Pérez Prado está todavía más transformada respecto a la Edad Media. En ella se encontraba la Iglesia de San Marcos, el Estudio de Artes y la Mezquita, convertida en Convento de los Trinitarios en 1493 y actualmente desaparecido. En torno al edificio religioso musulmán y, especialmente, en la C/ Andaquilla, se extendía el barrio mudéjar intramuros, que debía estar densamente poblado (más de 50 familias en 1385).

El elemento más destacado de la Plaza es la Torre de San Martín (1315-16), situada a escasa distancia del Portal de Daroca, torre-puerta acodada parcialmente destruida. Bajando por la Cuesta de la Andaquilla llegaremos al Convento de los Franciscanos. Edificio gótico de sillería de gran calidad, iniciado en 1392, es el perfecto contrapunto a la arquitectura mudéjar en ladrillo. En torno a él se encontraba el Rabalejo, pequeño barrio cristiano (unas 10 familias en 1385).